Museo de Bellas Artes


El 28 de marzo de 1909, al inaugurar el «MUSEO DE BELLAS DE ARTES, DEL HISTÓRICO Y LA BIBLIOTECA AMERICANA», JUAN SILVANO GODOY (1850-1926) pronuncio un discurso certero sobre su acción y sus modelos; estos últimos, las colecciones y bibliotecas de Buenos Aires. Sus palabras precisas al comenzar el acto «es un acontecimiento culminante, al que tienen derecho los habitantes todos de la república», adquieren en la actual reinauguración del Museo especial resonancia: apelan a la extensión democrática del conocimiento y del deleite estético.

Godoy no evadió la pregunta -que se reformula una y otra vez a lo largo de nuestra historia latinoamericana- «¿Para qué necesita el Paraguay de un Museo de Bellas Artes?». La respuesta es compleja: educación, riqueza pública, mejoramiento de las industrias; pero fundamentalmente el arte tiene un carácter redentor futuro por su relación con el espíritu. Es decir, Godoy constituye como pública su colección privada de arte porque consideró su utilidad, en términos actuales, para la educación, el patrimonio, el desarrollo del diseño y la construcción de ciudadanía política. Su ambicioso programa lentamente fue apagándose a lo largo de la centuria, desde su oficialización como Museo estatal desde 1939, que incluyó la dispersión de objetos de la colección a otras instituciones.

Godoy había formado la misma durante su destierro en Buenos Aires, allí con el asesoramiento de Eduardo Schiaffino, luego fundador del Museo Nacional de Bellas Artes de la Argentina, y del agudo coleccionista Aristóbulo del Valle; fue adquiriendo obras diversas sujetas al gusto imperante entre los miembros de la elite, en el momento de gran expansión del mercado de arte, comercializado en galerías profesionales como Witcomb y las primeras subastas específicas de arte, pero también en bazares que ofrecían obras europeas importadas directamente, entre diversas mercaderías. El viaje a Europa incluía la posibilidad de la compra directa en el taller del artista y estar atento a la caza de una buena pintura. De este modo, Godoy fue adquiriendo arte de las diversas escuelas europeas modernas, principalmente española, francesa e italiana pero sin olvidar alguna obra británica o estadounidense. Esta característica es singular de Godoy ya que la mayoría de los coleccionistas porteños, provenientes de la mesocracia inmigrante, optaba por los artistas de su lugar de procedencia. Godoy posiblemente proyectaba el carácter público de su pasión por el arte por lo tanto buscaba con amplitud de criterio para formar un panorama del arte moderno, con predilección por la buena factura naturalista. Además, incorporó obras atribuidas a antiguos maestros y cabezas romanas que permitieran dar cuenta de una genealogía del arte occidental.

En el mismo sentido cubrió los géneros pictóricos: la escena costumbrista urbana y campesina, las cabezas y tipos, el retrato, la pintura de historia, la pintura literaria, la marina, el paisaje, las vistas de edificios y el desnudo. También, la colección Godoy ejemplifica la diversidad de formatos del siglo diecinueve, relacionados con el asunto representado: el gran formato de la pintura de historia del Salón de París, el pequeño formato del ejercicio de cabezas y del tablautin con escena de género; el formato apaisado de la pintura de paisaje y el gran formato vertical de la escena de tipos populares. Todos con una cuidadosa selección de marcos de gran calidad.

La colección de esculturas se aleja del petit bronze decorativo que inundaba el mercado de arte con animales y figuras mitológicas para optar por la galería didáctica del deseo republicano de la tradición política francesa, mediante un conjunto de bustos. Si la pintura otorgaba la educación por la belleza, las esculturas debían funcionar como una lección de la práctica política.

La colección Godoy no se reducía al arte europeo: incorporó de forma notoria el arte realizado en el Paraguay entablando un diálogo fecundo entre aquellas obras, la imaginería colonial, y la pintura de artistas extranjeros en el Paraguay -Héctor de Ponte, Guillermo da Ré, Julio Mornet- y de artistas paraguayos como Pablo Alborno, Carlos Colombo y Juan Samudio. Sumó obras de artistas de la región, como el argentino Alfredo Berisso o el peruano Teófilo Castillo, autor de su gran retrato. Además, su pasión histórica lo impulsó a coleccionar objetos diversos, fetichizados por su vínculo con personajes paraguayos, generando un gabinete de curiosidades históricas.

 

 

 





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